¿Cocinar menos, comer peor? El dilema de la sociedad actual en la cocina

La cocina ha sido, tradicionalmente, una pieza fundamental de las viviendas españolas. El papel que tenía en el día a día y la cantidad de vida que se hacía en ella dependía bastante de dónde se vivía o hasta de la clase social y franja de ingresos en la que se encuadraba cada familia. Sin embargo, y a pesar de todas sus diferencias, era un lugar que tenía espacio y que era visto como crucial. Al fin y al cabo, era de ahí de donde salían todas las comidas.

Quizás, la cocina se ha vuelto menos importante ahora de lo que lo era antes. Solo hay que hacer el experimento de adentrarse en las páginas de anuncios inmobiliarios de cualquier ciudad española para ver que encontrársela integrada con otras estancias de la casa, como por ejemplo el salón, es cada vez más habitual. Se ha convertido en un espacio mínimo.

En cierto modo, hemos perdido el gusto por la cocina. Por no ser, ya ni es la prioridad dentro de las casas. Un estudio de hace unos meses de la tienda de muebles Conforama concluía que la estancia favorita de la casa de los españoles era el salón: lo era para el 50% de la población superando a la cocina y el dormitorio.

Pero más allá del espacio, lo que hemos perdido es lo que se hacía dentro de ella. ¿Hemos dejado de hacer vida en la cocina? ¿O es su eclipse un síntoma de un cambio mucho más profundo, el de la pérdida de la cultura culinaria por parte de la población española? La sensación es que cada vez cocinamos menos.

Al otro lado del teléfono, Luis Cabañas, presidente de Colegio Oficial de Dietistas-Nutricionistas de la Comunitat Valenciana, responde que sí, que la percepción de que estamos perdiendo la cultura gastronómica del día a día es plausible. Pone varios ejemplos: no hay más que pasearse por un supermercado cualquiera para ver cómo se ha disparado el número de platos preparados que venden. Incluso, recuerda, muchos de esos espacios han abierto sus propias zonas de comida para llevar. Si hace no tanto tiempo existía como mucho una plataforma online para pedir comida, ahora se ha disparado la variedad, señala el experto, que recuerda que no fue hace tanto tiempo cuando quizás lo único que podías pedir que te trajesen a casa en tu ciudad era una pizza.

Según datos de The NPD Group, 2022 —el último año del que se tienen cifras completas— fue el mejor de la década para la industria de ‘foodservice’ española. El 8% de todo lo que se gastaron los españoles fue en ‘delivery’, esas comidas que pides que te traigan directamente a casa.

Por qué no cocinamos

La razón de base sobre por qué estamos dejando de cocinar está muy conectada con el mundo acelerado actual. «No tenemos tiempo para cocinar como se hacía antes», señala Cabañas, añadiendo que tampoco hay tiempo para ir a la compra o para informarse. Este último punto es fundamental, porque en tener acceso a la información está una de las grandes claves para la vida saludable. «Tenemos menos tiempo para preocuparnos por comer», resume el experto. «Comer saludable no es más caro», insiste Cabañas, «pero requiere información y tiempo y eso sí lo es». Nos falta información y nos falta tiempo para sentarnos pensar en los platos que podremos cocinar y cómo hacerlo.

Cabañas alerta igualmente sobre los cambios en el propio proceso de comer. Haber normalizado sentarse a comer delante del ordenador, para seguir adelante con el trabajo, o haber reducido la pausa de comida a momentos cada vez más efímeros —desde 20 minutos para seguir adelante o como mucho una hora en la que concentramos todos los procesos— nos lleva a comer más rápido o a hacerlo en posturas que no son las adecuadas. Esto nos condena a digestiones más pesadas y tiene consecuencias en el momento, pero también a la larga. Comer se ha convertido en «como si echásemos gasolina» para seguir tirando y es un problema, «tanto en calidad de vida y salud como para el bolsillo».

No siempre comemos cómo sería mejor para nuestro cuerpo. Como muestra, un dato: el informe Life at Home de Ikea señala que, a nivel global, el 22% de las personas reconoce haber hecho alguna comida en cama durante los últimos 12 meses. Entre quienes tienen 18 a 34 años, es el 32%. Y, volviendo al estudio de Conforama, un 70% de los encuestados apuntaba que una de las actividades que se realiza con más frecuencia en el salón era la de comer. Eso sí, en el 80% de los casos en España el comedor está integrado en el salón.

Pero que cada vez cocinemos menos no es solo una curiosidad o un signo de los tiempos —y de las presiones más negativas de nuestras realidades cotidianas— también tiene efectos sobre nuestra alimentación, nuestra relación con las materias primas o, incluso, la salud. De hecho, no sorprende que esta pérdida se conecte con la fractura entre quién come sano – o puede hacerlo – y quién no. Como explica abordando las múltiples razones por las que existe una brecha de acceso a la alimentación saludable Luis González Muñoz, director de Ingeniería Técnica y Acción social de Acción contra el Hambre, «la cultura de la cocina está perdiendo valor y esto es un problema».

«La mayoría de los platos preparados suelen ser parcos en verduras», destaca Cabañas. Pero además, dejando en manos de terceros qué comemos, no sabemos qué ingredientes se usan o no tenemos un control sobre cómo se reparten en nuestra dieta.

Separarnos de los propios productos y sus orígenes también altera su relación con ellos. Cuando decimos que los tomates de ahora no saben «como los de antes», reflexiona el nutricionista, no nos paramos a pensar en su contexto. No calculamos que estamos comiendo tomates en diciembre, cuando no es su temporada, pero tampoco que llevamos toda la vida comiendo salsa de tomate de bote, con sus sabores amplificados.

E incluso, se pierde acervo colectivo, puesto que la gastronomía es parte de la cultura. A medida que dejamos de cocinar, estamos difumando nuestra cultura colectiva.

Con todo, recuperar nuestro tiempo en la cocina es posible. Recuperar la cultura culinaria en el hogar no implica necesariamente plantarse delante de los fogones y dedicarles horas y horas, como hacían nuestras abuelas con guisos y caldos. «La cuestión no es replicar las paellas de tu padre o hacer las croquetas de tu abuela. Es cocinar, aunque sea lo más sencillo», explica Cabañas. Hacer una berenjena al microondas o saltear unas verduras en una sartén no llevan mucho tiempo. Si solo podemos meter un día de cocinado en nuestra semana, el experto recomienda pensar qué podemos hacer en esa jornada para prepararnos para el resto de la semana. «Cocinar es salud», insiste.

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